
Apuntes de Frank Gehry
El prestigio como director de Pollack, siempre me ha resultado un poco esquivo. El prestigio como arquitecto de Frank Gehry me ha resultado tan evidente, como chocantes sus diseños. Afortunadamente Pollack, sin ser un genio, no es un incompetente. Afortunadamente la personalidad de Gehry es tan atractiva, como sus edificios retorcidos. Lo mejor de la película de Pollack es que se sitúa en el mismo lugar que nosotros, el público. Reconoce que no tiene ni idea de arquitectura, ni tan siquiera de documentales. Por eso la fascinación que trasmite por la obra de Gehry es paralela a la nuestra. Su visión es la del profano. Y el estudio del arquitecto es el taller de las maravillas. Aunque la película no esta dividida en partes ni en bloques, sí está dividida en ámbitos, al modo de un edificio. Está el ámbito de las obras, el ámbito del trabajo en el estudio, el ámbito de la vida, y el ámbito del círculo que rodea a Gehry, Pollack se mueve en esos ambitos con bastante libertad, dejando un regusto a conversación fluida y un discurso coherente pero no atado a un hilo central. No es una estructura novedosa, pero no es ineficaz, porque hay un gran aliado que hace el transcurrir de imágenes llevadero: Desde el principio lo que transmite la película es sentido del humor. No nos equivocábamos, para construir semejantes edificios, hay que poseer mucho sentido del humor. Y es algo que parece rodear al protagonista. Sus amigos, más cercanos a un ámbito de arte más mundano, que a la arquitectura, lo comparten, en cambio los que prefieren la crítica adolecen de su falta. Desde un principio es obvio que cuanto más divertida sea la propuesta de Gehry, más atractiva resulta, y que cuando es menos fiel a si mismo, más convencionales se vuelven sus obras. Pero Pollack no opta por hacer un recorrido historicista por su trabajo. Opta más bien por hacer un recorrido por la personalidad del sujeto de su película. Juicioso, aunque no evidente. Y es que en principio ese sujeto no tiene nada atractivo. Gehry ya tiene sus buenos 60 años y su aspecto y modales son profundamente campechanos, tímidos y relajados. No hay nada en la imagen externa de Gehry que haga sospechar su enorme caudal de talento y fantasía, de hecho es incluso vulgar. Pero sabiamente Pollack se da cuenta de esto, aunque no duda en mostrarnos a este tranquilo anciano, pronto nos damos cuenta de que hay algo especial en él. Un atractivo. Quizá sea su eterna pero plácida sonrisa, quizá sea la manera trivial y nada afectada en que propone las formas más descabelladas para la maqueta de un edificio. De alguna manera se contrapone a sus edificios, cuyo exterior es sumamente atrevido e imaginativo y en cambio el interior es acogedor y humano. La dicotomía de Gehry sin embargo no se resuelve en una tensión en su vida privada como en otros artistas, dominados por la manía creativa. En cambio en Gehry, bien sea por el éxito que ha tenido, bien sea por que ha acabado haciendo exactamente lo que quería, la tensión solo se manifiesta en sus creaciones. Gehry no puede evitar que su trabajo le haga enormemente feliz. Y el acercamiento al personaje de Pollack está muy en consonancia con la persona misma. La película no es tensa en los sentimientos, pero si en un sentido intelectual. Es también un pequeño curso de cómo mirar un edificio, eso sí, dominados por la óptica de Gehry, que es una forma muy aceptable de hacerlo, Pollack se sirve de algunos recursos, tan típicos como hacer encadenados del boceto a la obra, pero a veces simplemente pasa de la idea a la obra sin perdida ninguna de claridad con el simple corte. Y ante el despliegue de talento de alguien que no hace edificios para integrarlos en su contexto, sino que se convierte en la parte llamativa, alegre y espectacular del contexto, Pollack no puede sino rendirse con profunda admiración y simpatía, dejando que la película sea más de su retratado que suya, por lo que, sin haber hecho jamás un documental, alcanza la virtud cumbre del cine documental clásico: Que lo que nos admire, sea el tema y no tanto la película.
El prestigio como director de Pollack, siempre me ha resultado un poco esquivo. El prestigio como arquitecto de Frank Gehry me ha resultado tan evidente, como chocantes sus diseños. Afortunadamente Pollack, sin ser un genio, no es un incompetente. Afortunadamente la personalidad de Gehry es tan atractiva, como sus edificios retorcidos. Lo mejor de la película de Pollack es que se sitúa en el mismo lugar que nosotros, el público. Reconoce que no tiene ni idea de arquitectura, ni tan siquiera de documentales. Por eso la fascinación que trasmite por la obra de Gehry es paralela a la nuestra. Su visión es la del profano. Y el estudio del arquitecto es el taller de las maravillas. Aunque la película no esta dividida en partes ni en bloques, sí está dividida en ámbitos, al modo de un edificio. Está el ámbito de las obras, el ámbito del trabajo en el estudio, el ámbito de la vida, y el ámbito del círculo que rodea a Gehry, Pollack se mueve en esos ambitos con bastante libertad, dejando un regusto a conversación fluida y un discurso coherente pero no atado a un hilo central. No es una estructura novedosa, pero no es ineficaz, porque hay un gran aliado que hace el transcurrir de imágenes llevadero: Desde el principio lo que transmite la película es sentido del humor. No nos equivocábamos, para construir semejantes edificios, hay que poseer mucho sentido del humor. Y es algo que parece rodear al protagonista. Sus amigos, más cercanos a un ámbito de arte más mundano, que a la arquitectura, lo comparten, en cambio los que prefieren la crítica adolecen de su falta. Desde un principio es obvio que cuanto más divertida sea la propuesta de Gehry, más atractiva resulta, y que cuando es menos fiel a si mismo, más convencionales se vuelven sus obras. Pero Pollack no opta por hacer un recorrido historicista por su trabajo. Opta más bien por hacer un recorrido por la personalidad del sujeto de su película. Juicioso, aunque no evidente. Y es que en principio ese sujeto no tiene nada atractivo. Gehry ya tiene sus buenos 60 años y su aspecto y modales son profundamente campechanos, tímidos y relajados. No hay nada en la imagen externa de Gehry que haga sospechar su enorme caudal de talento y fantasía, de hecho es incluso vulgar. Pero sabiamente Pollack se da cuenta de esto, aunque no duda en mostrarnos a este tranquilo anciano, pronto nos damos cuenta de que hay algo especial en él. Un atractivo. Quizá sea su eterna pero plácida sonrisa, quizá sea la manera trivial y nada afectada en que propone las formas más descabelladas para la maqueta de un edificio. De alguna manera se contrapone a sus edificios, cuyo exterior es sumamente atrevido e imaginativo y en cambio el interior es acogedor y humano. La dicotomía de Gehry sin embargo no se resuelve en una tensión en su vida privada como en otros artistas, dominados por la manía creativa. En cambio en Gehry, bien sea por el éxito que ha tenido, bien sea por que ha acabado haciendo exactamente lo que quería, la tensión solo se manifiesta en sus creaciones. Gehry no puede evitar que su trabajo le haga enormemente feliz. Y el acercamiento al personaje de Pollack está muy en consonancia con la persona misma. La película no es tensa en los sentimientos, pero si en un sentido intelectual. Es también un pequeño curso de cómo mirar un edificio, eso sí, dominados por la óptica de Gehry, que es una forma muy aceptable de hacerlo, Pollack se sirve de algunos recursos, tan típicos como hacer encadenados del boceto a la obra, pero a veces simplemente pasa de la idea a la obra sin perdida ninguna de claridad con el simple corte. Y ante el despliegue de talento de alguien que no hace edificios para integrarlos en su contexto, sino que se convierte en la parte llamativa, alegre y espectacular del contexto, Pollack no puede sino rendirse con profunda admiración y simpatía, dejando que la película sea más de su retratado que suya, por lo que, sin haber hecho jamás un documental, alcanza la virtud cumbre del cine documental clásico: Que lo que nos admire, sea el tema y no tanto la película.